Luz, Sombra y Estiércol: Poema de un establo que no miente

En el corazón de esta imagen en blanco y negro, donde la luz se filtra como un susurro divino entre vigas de madera vieja y el barro se pega a las botas como un recordatorio terroso de lo real, se posa un hombre. Barba espesa, capucha que le cubre la cabeza como un monje errante, lentes que reflejan el mundo sin adornos, machete táctico colgando al cinto cual espada de un caballero que ya no finge ser santo. A su lado, el burro viejo, encorvado por años de cargar lo que nadie más quiere, la vaca preñada con su vientre hinchado de promesas futuras, el toro joven que aún no sabe si embestir o soñar, y la ternera en celo, vibrando con ese fuego primitivo que la naturaleza no disfraza de pudor.

Aquí, en este establo que huele a vida cruda, se revela la gran verdad esotérica: todo es dualidad, y la dualidad es el abrazo que lo sostiene todo. El bien y el mal no son enemigos; son amantes torpes que se necesitan para bailar el tango de la existencia. Lo positivo y lo negativo, el arriba y el abajo, la virtud y el pecado, la sombra y la luz… se complementan como el hombre y su machete, como el burro que arrastra y la vaca que da leche. Sin uno, el otro se marchita. El toro joven necesita la ternera para sentir su fuerza; la preñada vaca requiere del estiércol que pisa para que nazca lo nuevo. Es poesía pura, hermano: el universo no es un templo de mármol blanco, es un corral donde la mierda fertiliza y el sudor bendice.

Y sin embargo, cuánta risa espiritual nos provoca ver cómo huimos de esta verdad. “Yo solo luz”, dice el que medita con incienso de importación mientras reprime el toro que lleva dentro. “Solo virtud”, proclama el que esconde su celo bajo trajes de domingo. ¡Qué sarcasmo tan divino el de la vida! Porque negar la sombra es como pretender que el burro viejo no cague. Tarde o temprano, la parte ignorada se hace sentir con la fuerza de un relámpago en la noche: el macho reprimido explota en una ira que nadie vio venir, la ternura escondida se pudre en amargura, la luz exagerada se vuelve farol barato que se apaga al primer viento.

Hay una tristeza suave en esto, no de culpa, sino de nostalgia por lo auténtico. Tristeza de ver cómo nos partimos en dos para caber en el molde de la apariencia, cómo vendemos nuestra integridad por likes y sonrisas falsas. Porque el estiércol del establo, ese que pisa el hombre de la foto con sus botas pantaneras, es noble, es honesto, huele a tierra húmeda y a futuro. Fertiliza sin pedir perdón. En cambio, la mierda hedionda de la hipocresía… esa sí apesta. La doble moral, la apariencia pulida, la virtud de vitrina que oculta el pecado en el sótano. Esa no nutre; envenena. Se disfraza de incienso espiritual mientras apesta a mentira.

El hombre de la imagen lo sabe, aunque no lo diga. Está ahí, quieto, con una mano en la cintura y la otra cerca del machete, mirando el mundo tal cual es. No es un gurú de redes, es un testigo. Sabe que reprimir la dualidad es imposible, porque la parte negada siempre regresa más fuerte, y la parte fingida se debilita ante tanta farsa. La luz sin sombra es ceguera; el bien sin mal es mentira; el establo sin estiércol es tumba estéril.

Así que aquí estamos, hijos del mismo corral cósmico: mitad burro cargando cruces, mitad toro embistiendo sueños; mitad vaca dando vida, mitad ternera ardiendo en deseos. Abracemos la dualidad como se abraza un amigo viejo y sucio. Porque solo así, en la mezcla sagrada de luz y mierda, de virtud y pecado, de hombre y bestia, nace lo verdadero. Y el universo, con su humor esotérico de siempre, se ríe bajito y murmura: “Al fin, hijo mío… al fin entendiste que el establo es el templo”.

Por SusurroJS

….En cambio, la mierda hedionda de la hipocresía… esa sí apesta. La doble moral, la apariencia pulida, la virtud de vitrina que oculta el pecado en el sótano. Esa no nutre; envenena. Se disfraza de incienso espiritual mientras apesta a mentira.

Porque solo así, en la mezcla sagrada de luz y mierda, de virtud y pecado, de hombre y bestia, nace lo verdadero. Y el universo, con su humor esotérico de siempre, se ríe bajito y murmura: “Al fin, hijo mío… al fin entendiste que el establo es el templo”.


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