Susurrovela Halloween. Me fui a llorar al rĂo Combeima, cerca de Villa Restrepo en la zona rural de IbaguĂ©, para desahogarme de tanta mierda que pongo y encuentro en internet. Pero el rĂo no me recibiĂł el drama: en vez de lágrimas, me escupiĂł ironĂa. Y ahĂ estaba ella, la mismĂsima Llorona, cagada de la risa como si la hubieran contratado de animadora en la inauguraciĂłn de un elefante blanco.
Estaba envuelta en neblina, con la tĂşnica pegada al cuerpo y el pelo enredado como si hubiera sobrevivido a un aguacero que colapsa la 60 de IbaguĂ©, la Caracas en Bogotá, la Oriental en MedellĂn y deja a Barranquilla navegando en chalupa.
—¿QuĂ© la hace reĂr? —le preguntĂ©.
Y ella, con voz de ultratumba, me soltĂł:
—La polĂtica, papito. ÂżCĂłmo no me voy a reĂr viendo a un man hablando de moral mientras sus hectáreas se multiplican como huecos en IbaguĂ©? O al otro prometiendo que ahora sĂ, que esta vez sĂ, que el cambio llegó… y lo Ăşnico que cambia es el nombre religioso que le ponen a una obra inconclusa: “La Gloria de Dios”, “La Fe en Cristo”, “El Milagro del Pueblo”. Y el verdadero milagro es cĂłmo evaporan los recursos pĂşblicos más rápido que un aguardiente en feria.
Y me parto todavĂa más con el llanto de aquel que llora por no salir en TV, por no ser invitado a donde ni saben que existe, por no ser el mesĂas que se inventĂł en su propio espejo. Llora porque no lo aplauden, porque no le ponen alfombra roja, porque no le dan micrĂłfono. Y mientras tanto, se dedica a gobernar con los problemas de otras naciones, como si aquĂ no hubiera huecos, desempleo y hospitales cayĂ©ndose a pedazos. ¡Ay, mis hijos!… si hasta yo, que soy la reina del drama, me siento seria al lado de semejante show de reality barato.
Después me habló de la justicia.
—AquĂ la justicia aparece solo para el que roba un celular en San Victorino, pero se hace la ciega con el que se roba medio paĂs en Cartagena. En MedellĂn, si el ladrĂłn es de cuello blanco, lo invitan a foros de innovaciĂłn. En Cali, si es polĂtico, lo ponen a bailar salsa en campaña. Y en IbaguĂ©, si es contratista, lo premian con otra obra inconclusa que termina siendo elefante blanco.
La economĂa tambiĂ©n la mata de risa.
—MĂreme, yo ando descalza, pero me rĂo viendo a la gente pagar impuestos como si fueran boletas para la Feria de Cali: caros, repetidos y sin garantĂas de buena orquesta. En Barranquilla, la plata se evapora más rápido que una pola en Carnaval. Y en IbaguĂ©, ni hablar: huecos en las vĂas que parecen cráteres lunares y un desempleo que ya no es solo medalla de plata… es medalla fija, oro o plata, podio asegurado en cada ranking nacional.
El transporte pĂşblico es su comedia favorita.
—Yo avanzo más rápido con mi tĂşnica mojada que un bogotano en una buseta de la SĂ©ptima, un paisa colgado del Metro en hora pico o un caleño atrapado en la SimĂłn BolĂvar. Y lo del metro de Bogotá… ¡medio siglo prometiĂ©ndolo! Ni yo, que soy eterna, tengo tanta paciencia.
La educación también le arranca carcajadas.
—Yo nunca aprendĂ a leer porque mi condena es llorar, pero me rĂo viendo a los pelaos endeudados con el ICETEX hasta la tercera reencarnaciĂłn. En Pasto inauguran universidades de cartĂłn piedra, en Neiva cortan cintas como si fueran piñatas, y en IbaguĂ© los pupitres parecen reliquias de museo.
Y la seguridad, claro.
—Yo asusto con mi grito, pero aquĂ los ladrones no necesitan espectros: con un cuchillo oxidado en Cali, un revĂłlver en CĂşcuta o un celular en MonterĂa ya tienen más poder que yo. En Bogotá, la policĂa aparece para pedir papeles; en MedellĂn, para posar en selfies; y en IbaguĂ©, para esquivar los mismos huecos que los ciudadanos.
La Llorona también se burla de la gente.
—AquĂ hay quienes lloran más que yo, pero no por empatĂa: lloran por lo suyo, y se rĂen del daño ajeno. Y los que venden el voto por un tamal… ¡ay, mis hijos! Ese tamal les termina costando mil veces más en impuestos, en obras inconclusas, en hospitales sin insumos. Se comen la hoja y despuĂ©s pagan la olla.
Al final, entendĂ que la Llorona no llora por los hijos muertos, sino por los vivos: esos que siguen creyendo en promesas, votando con fe, esperando que el prĂłximo Halloween no dure cuatro años. Esa es la condena eterna de este paĂs: no vagar como ella, sino vivir aquĂ, esperando que algĂşn dĂa el truco se convierta en dulce.
Y entonces, con una carcajada que helaba la sangre y sonaba a pito de buseta bogotana mezclado con tambora de Carnaval, me dijo su Ăşltima frase:
—¡Ay, mis hijos!… pero qué risa tan hijue…
🎙️ La Llorona se descojona en Colombia
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