🎙️ La Llorona se descojona en Colombia

Susurrovela Halloween. Me fui a llorar al río Combeima, cerca de Villa Restrepo en la zona rural de Ibagué, para desahogarme de tanta mierda que pongo y encuentro en internet. Pero el río no me recibió el drama: en vez de lágrimas, me escupió ironía. Y ahí estaba ella, la mismísima Llorona, cagada de la risa como si la hubieran contratado de animadora en la inauguración de un elefante blanco.
Estaba envuelta en neblina, con la túnica pegada al cuerpo y el pelo enredado como si hubiera sobrevivido a un aguacero que colapsa la 60 de Ibagué, la Caracas en Bogotá, la Oriental en Medellín y deja a Barranquilla navegando en chalupa.
—¿Qué la hace reír? —le pregunté.
Y ella, con voz de ultratumba, me soltó:
—La política, papito. ¿Cómo no me voy a reír viendo a un man hablando de moral mientras sus hectáreas se multiplican como huecos en Ibagué? O al otro prometiendo que ahora sí, que esta vez sí, que el cambio llegó… y lo único que cambia es el nombre religioso que le ponen a una obra inconclusa: “La Gloria de Dios”, “La Fe en Cristo”, “El Milagro del Pueblo”. Y el verdadero milagro es cómo evaporan los recursos públicos más rápido que un aguardiente en feria.
Y me parto todavía más con el llanto de aquel que llora por no salir en TV, por no ser invitado a donde ni saben que existe, por no ser el mesías que se inventó en su propio espejo. Llora porque no lo aplauden, porque no le ponen alfombra roja, porque no le dan micrófono. Y mientras tanto, se dedica a gobernar con los problemas de otras naciones, como si aquí no hubiera huecos, desempleo y hospitales cayéndose a pedazos. ¡Ay, mis hijos!… si hasta yo, que soy la reina del drama, me siento seria al lado de semejante show de reality barato.
Después me habló de la justicia.
—Aquí la justicia aparece solo para el que roba un celular en San Victorino, pero se hace la ciega con el que se roba medio país en Cartagena. En Medellín, si el ladrón es de cuello blanco, lo invitan a foros de innovación. En Cali, si es político, lo ponen a bailar salsa en campaña. Y en Ibagué, si es contratista, lo premian con otra obra inconclusa que termina siendo elefante blanco.
La economía también la mata de risa.
—Míreme, yo ando descalza, pero me río viendo a la gente pagar impuestos como si fueran boletas para la Feria de Cali: caros, repetidos y sin garantías de buena orquesta. En Barranquilla, la plata se evapora más rápido que una pola en Carnaval. Y en Ibagué, ni hablar: huecos en las vías que parecen cráteres lunares y un desempleo que ya no es solo medalla de plata… es medalla fija, oro o plata, podio asegurado en cada ranking nacional.
El transporte público es su comedia favorita.
—Yo avanzo más rápido con mi túnica mojada que un bogotano en una buseta de la Séptima, un paisa colgado del Metro en hora pico o un caleño atrapado en la Simón Bolívar. Y lo del metro de Bogotá… ¡medio siglo prometiéndolo! Ni yo, que soy eterna, tengo tanta paciencia.
La educación también le arranca carcajadas.
—Yo nunca aprendí a leer porque mi condena es llorar, pero me río viendo a los pelaos endeudados con el ICETEX hasta la tercera reencarnación. En Pasto inauguran universidades de cartón piedra, en Neiva cortan cintas como si fueran piñatas, y en Ibagué los pupitres parecen reliquias de museo.
Y la seguridad, claro.
—Yo asusto con mi grito, pero aquí los ladrones no necesitan espectros: con un cuchillo oxidado en Cali, un revólver en Cúcuta o un celular en Montería ya tienen más poder que yo. En Bogotá, la policía aparece para pedir papeles; en Medellín, para posar en selfies; y en Ibagué, para esquivar los mismos huecos que los ciudadanos.
La Llorona también se burla de la gente.
—Aquí hay quienes lloran más que yo, pero no por empatía: lloran por lo suyo, y se ríen del daño ajeno. Y los que venden el voto por un tamal… ¡ay, mis hijos! Ese tamal les termina costando mil veces más en impuestos, en obras inconclusas, en hospitales sin insumos. Se comen la hoja y después pagan la olla.
Al final, entendí que la Llorona no llora por los hijos muertos, sino por los vivos: esos que siguen creyendo en promesas, votando con fe, esperando que el próximo Halloween no dure cuatro años. Esa es la condena eterna de este país: no vagar como ella, sino vivir aquí, esperando que algún día el truco se convierta en dulce.
Y entonces, con una carcajada que helaba la sangre y sonaba a pito de buseta bogotana mezclado con tambora de Carnaval, me dijo su última frase:
—¡Ay, mis hijos!… pero qué risa tan hijue…


Posted

in

by

Tags:

Comments

Deja un comentario