Frankenstein: la película que me durmió con estilo. Todos somos una obra de retazos.

📽️ La estética impecable
Guillermo del Toro, maestro de la escenografía y la fotografía, nos regala un Frankenstein que parece haber salido de un catálogo de luces teatrales y filtros de Instagram premium. Cada plano es digno de ser colgado en una galería de arte contemporáneo: sombras que acarician, decorados que respiran, y un reparto que parece haber sido escogido con bisturí de cirujano. Hasta ahí, aplausos de pie.
👻 El terror ausente
Pero, ¿y el miedo? ¿Dónde quedó ese escalofrío que hacía que uno se tapara con la cobija hasta la nariz? Aquí el suspenso se fue de vacaciones. Y es imposible no recordar que la obra original, escrita por Mary Shelley en 1818, nació precisamente para estremecer con su mezcla de ciencia, ética y horror. En esta versión, sin embargo, por momentos pensé que estaba viendo Avatar, esperando que Jake Sully apareciera en los créditos como “Frankenstein suplente”. Spoiler: nunca lo encontré.
🦸 De villano a iluminado
La criatura, lejos de ser el monstruo que aterra, se nos presenta como un híbrido entre archienemigo de Superman y maestro zen en retiro espiritual. Con tanta ternura, uno sospecha que Frankenstein podría ser la reencarnación de Buda, listo para enseñarnos a respirar profundo y soltar el apego.
👞 La nostalgia del monstruo clásico
Extrañé los tubos eléctricos saliendo del cuello, esos zapatos con tacones monstruosos que hacían temblar el piso. Este Frankenstein viene en versión “Nueva Era”: cabello largo, mirada melancólica y actitud de influencer ecológico. El monstruo de mi infancia se quedó en blanco y negro; este parece listo para abrir un canal de YouTube sobre meditación.
🛋️ La experiencia casera
Menos mal la vi en casa. Dormirme frente a la pantalla no representaba peligro alguno, salvo el de perderme un par de planos hermosos. Netflix lo hizo de nuevo: producción impecable, libreto flojo, reparto estelar y publicidad que promete más de lo que entrega. El inicio atrapa, pero luego el ritmo se diluye como café aguado.
💅 Sin uñas mordidas ni lágrimas
Al final, ni me comí las uñas ni lloré. Lo que sí me quedó claro es que todos somos Frankenstein: ensamblajes de pedacitos biológicos y emocionales, retazos de tristeza y alegría, miedo y coraje, odio y amor, egoísmo y solidaridad. Somos también paciencia y desesperación, ternura y rabia, fe y duda, memoria y olvido, orgullo y vergüenza, silencio y grito, esperanza y resignación, disciplina y caos, justicia y venganza, humildad y soberbia, lucidez y confusión, valentía y cobardía, deseo y apatía, libertad y dependencia, autenticidad y máscara. En el fondo, somos un pedacito de barro por aquí y otro por allá, somos parte de un espermatozoide inquieto que se encontró con un óvulo coqueto, que también aportó su retazo, y desde esa alquimia inicial seguimos siendo criaturas hechas de contradicciones. En ese revoltijo se esconde la verdadera lección: aceptar cada pieza, incluso la más incómoda, para poder decir con autenticidad y sin miedo: “Yo soy así.”

Por SusurroJs (Javier Suárez)


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