ARMERO Y EL LLANTO DE COLOMBIA QUE LA NEGLIGENCIA AHOGÓ EN LODO

Capítulo 1: La Noche en que el Lodo Devoró los Sueños

Y así, el 13 de noviembre de 1985, a las 9:09 de la noche, cuando Armero dormía plácidamente bajo un cielo estrellado, con sus 27.000 habitantes acurrucados en camas, hamacas y sueños de arroz con leche, el Nevado del Ruiz, harto de ser ignorado como un amante desdeñado, vomitó su ira en forma de un lahar asesino –ese torrente de lodo, rocas y agua derretida que arrasó la ciudad a velocidad endiablada, sepultando el 85% de Armero bajo cinco metros de fango traicionero. Más de 23.000 almas perecieron en esa orgía de destrucción, muchas aún en pijama, con la radio encendida y la cena a medio digerir. Pero el auténtico antagonista de esta tragicomedia no fue la montaña enfurecida, sino la negligencia de un gobierno que, con su pompa burocrática digna de una opereta barata, permitió que una niña de 13 años, Omaira Sánchez, agonizara ante las lentes del mundo como si el salvamento fuera un capricho de ricos. Porque, ¡vamos!, ¿para qué desplegar helicópteros si se puede fingir heroísmo con palas oxidadas y promesas huecas?

Capítulo 2: La Agonía Televisada de una Niña Inocente

Pintemos el cuadro con pinceladas de horror: Omaira, esa chiquilla de ojos inmensos y sonrisa estoica que desafiaba al destino, quedó aprisionada de la cintura para abajo en las ruinas de su hogar, hundida en un pozo de agua gélida y pútrida que apestaba a podredumbre eterna. Sus piernas, atrapadas como en una garra medieval, bajo una puerta de ladrillo, los brazos sin vida de su tía fallecida y una barra de hierro incrustada en la cadera con saña inhumana. «Tengo frío», susurraba con esa voz que rajaba el alma en dos, mientras los rescatistas voluntarios –esos paladines improvisados sin un peso de respaldo oficial– batallaban contra lo imposible con uñas y dientes. «No me dejen sola», imploraba Omaira, aferrándose a la mano de un bombero como si su inocencia pudiera derretir montañas de lodo. Y los rescatistas, derrengados y con el alma hecha trizas, replicaban con juramentos vanos: «Tranquila, pequeña, ya te liberamos», al tiempo que escrutaban el cielo en busca de un prodigio que jamás descendió. Porque, ¡qué sorpresa tan predecible!, los helicópteros –esos ingenios voladores capaces de izar escombros o acarrear maquinaria pesada– se evaporaron en el aire de la ineficacia. El gobierno colombiano, con sus 180.000 soldados en las fuerzas armadas, se aferró a «protocolos» que hedían a pretextos baratos: no había cables de longitud suficiente, ni bombas para succionar el agua, ni coordinación para pilotar un helicóptero con grúas o aspiradores industriales. Y para rematar el absurdo, exactamente una semana antes –el 6 y 7 de noviembre, con precisión quirúrgica–, en la toma del Palacio de Justicia en Bogotá por los guerrilleros del M-19, sí que desbordaron los helicópteros y la fuerza pública: el ejército sacó a relucir un arsenal de opereta, con aparatos sobrevolando la capital, tanques demoliendo muros y un asalto que dejó más de 100 cadáveres, todo por «restaurar el orden» en el nido urbano del poder. Pero para una niña campesina atrapada en el fango volcánico, ¿recursos? No, eso sería un derroche; prioridades, caballeros, prioridades puras y duras. ¿Imprevisiones? ¡Ja! Más bien negligencia destilada, un himno al «mañana lo arreglamos» en una nación donde los cataclismos naturales son meros estorbos para los desposeídos.

Transcurrieron 60 horas –¡sesenta horas de infierno en diferido!– de suplicio retransmitido. Omaira, con la hipotermia carcomiendo sus huesos como un lobo hambriento y la gangrena acechando en sus extremidades como un verdugo sigiloso, conservaba la entereza de una adulta en un universo de imbéciles. «Váyanse a reposar un rato y luego regresen a sacarme de aquí», les indicaba a los voluntarios con una calma que humillaba a la humanidad entera. Uno de los rescatistas, con los ojos anegados en lágrimas saladas, confesó más tarde: «Probamos por vía aérea, pero no había helicópteros ni cables… Era como batallar contra un espectro invisible». Mientras, el lodo blando y traidor engullía cualquier atisbo de maquinaria pesada, porque ¿quién requiere planificación cuando se puede echar la culpa al volcán? El agua ascendía con cada jalón fallido, amenazando con anegarla, y amputar sus piernas era la «alternativa» –sin instrumental quirúrgico, sin anestesia, sin más que un machete improvisado que la habría despachado por shock hemorrágico o septicemia galopante. Turbas de mirones y reporteros entorpecían el acceso, y la ayuda foránea se extraviaba en el dédalo de la desorganización estatal. ¿Helicópteros? Por supuesto que existían, pero reservados para vuelos de élite o para acarrear a los burócratas que arribaban tardíos a posar para el álbum familiar –o, como atestiguamos, para operaciones en la metrópoli donde el poder sí contaba. Pero aquí, un homenaje solemne y merecido a esos rescatistas de vanguardia: bomberos voluntarios, cruzrojistas sin nombre y lugareños con callos en las palmas que, desprovistos de equipo o apoyo, se sumergieron en el pantano hora tras hora, jugándose el pellejo por rescatar a Omaira y a sus semejantes. Ellos encarnaron el heroísmo genuino, no los uniformados fantasmas; su devoción inquebrantable, con utensilios prestados y espíritus fracturados, clama por un monumento perpetuo, mientras los mandamases se enjugaban las manos con agua bendita.

Capítulo 3: Oraciones Huecas y Perdones Ausentes

Al cabo, el 16 de noviembre, Omaira rindió el espíritu a la exposición, la hipotermia y las infecciones voraces, con un postrero aliento que retumbó como un reproche planetario: «Mamá, si me estás oyendo, reza por mí». Su partida no fue obra del volcán, sino de la apatía humana, esa que transmuta desastres evitables en circos de espanto. Aunque el mundo entero ha elevado plegarias por las víctimas, nadie ha pedido perdón de veras por lo acaecido en Armero –ni el Papa Juan Pablo II, que visitó la región en julio de 1986 para arrodillarse ante una cruz erigida en las ruinas y elevar oraciones por los difuntos, pero sin una sola palabra de mea culpa; ni el Estado colombiano, que tardó hasta 2023 para que un ministro de Cultura balbuceara disculpas en nombre del gobierno durante un acto conmemorativo, reconociendo que las víctimas merecían un perdón por las «historias partidas» –un gesto tardío y tibio, después de décadas de silencio cómplice. ¡Qué generosidad, pedir perdón casi cuatro décadas después, como si el tiempo borrara la sangre y el lodo!

Capítulo 4: El Legado de la Indolencia Eterna

Armero se erigió en emblema de cómo la negligencia asesina más que la madre naturaleza, y Omaira, en el semblante puro de un régimen que antepone pretextos a proezas. ¡Qué sarcasmo divino: una nación salpicada de volcanes activos, pero sin un esquema decente para preservar a una criatura! Si al menos hubieran empleado esos helicópteros… pero eh, ¿quién soy yo para criticar el virtuosismo de la ineficacia colombiana de los ochenta? Armero sigue siendo escenario visible para el show político cada 13 de noviembre, con discursos pomposos y coronas de flores que duran lo que un suspiro, pero fuera de esa fecha ritual, la negligencia sepulta a esa región mucho más que el mismo volcán, dejando a los sobrevivientes en un limbo de promesas incumplidas y olvido crónico. Ojalá, en algún tiempo venidero, aunque sea de entre las ruinas cubiertas de maleza y silencio, la vida vuelva a florecer, brotando como un desafío a la estupidez humana que tanto ha costado.

Capítulo 5: Las Advertencias que se Ahogaron en la Burocracia

¡Vaya, la infame catástrofe de Armero, ese carnaval de desidia humana que el planeta entero contempló en vivo y en directo, como si se tratara de un melodrama televisivo de los ochenta, donde los villanos no eran monstruos ficticios, sino funcionarios con corbata y excusas a granel! Pero detengámonos un instante, queridos lectores, y rebobinemos esta cinta de horror con aroma a lodo volcánico. Meses antes, desde septiembre de 1984, el Nevado del Ruiz ya andaba tosiendo cenizas y vapores sulfúricos, con temblores y fumarolas que vociferaban «¡cataclismo inminente!» a todo aquel con un ápice de inteligencia. Volcanólogos colombianos e internacionales, como los del Servicio Geológico de Estados Unidos y el Instituto Colombiano de Geología y Minería, lanzaron alertas cristalinas: un mapa de riesgos divulgado en octubre de 1985 señalaba a Armero como epicentro de alto peligro por flujos de lodo, prediciendo con precisión quirúrgica el apocalipsis que se avecinaba. ¿Se pudo alertar y evacuar a la población con antelación? ¡Por los clavos de Cristo, claro que sí! Hubo semanas, incluso horas previas a la erupción del 13 de noviembre de 1985, con informes de actividad volcánica furiosa esa misma tarde. Pero, ¡ay, la ironía!, las autoridades optaron por el eterno mantra del «tranquilos, no pasa nada» tan propio de la indolencia tropical, desoyendo las advertencias por temor a costos exorbitantes, escasez de recursos y una burocracia que prefería amontonar papeles polvorientos a salvar vidas humanas. Investigaciones posteriores, como el informe de la ONU y el Comité de Estudios Vulcanológicos de Colombia, clavaron responsabilidades con saña: el gobierno nacional, bajo el presidente Belisario Betancur, fue acusado de no declarar el estado de emergencia a tiempo ni orquestar evacuaciones masivas, a pesar de conocer el riesgo de memoria; las autoridades civiles del departamento de Tolima, encabezadas por el gobernador Eduardo Alzate García, minimizaron las alarmas para no espantar a la población y evitar un pánico que pudiera dañar la economía local; el alcalde de Armero, Ramón Rodríguez, intentó gritar auxilio hasta el último aliento, llamando desesperado al gobernador para advertir del agua que subía, pero sus súplicas se perdieron en el vacío de la indiferencia; y el clero, encarnado en el cura local, el padre Ramón Arcila, quien, con su púlpito como escudo, calmaba a los feligreses instándolos a rezar y quedarse en sus hogares, porque «Dios vela por nosotros» –una fe mal entendida que transformó la devoción en una sentencia de muerte colectiva. Estas negligencias presuntas, ratificadas en indagaciones judiciales y reportes independientes, dibujan un tapiz de culpa compartida: el gobierno por omisión criminal, las autoridades locales por parálisis deliberada, y las figuras religiosas por promover una pasividad que olía a fatalismo medieval. ¿Evacuación preventiva? Facilísima, si hubieran prestado oídos a los científicos en vez de a las plegarias vacías y las excusas baratas. En resumidas cuentas, el volcán no mató solo; lo hizo con la complicidad de un sistema que valoraba más el status quo que las vidas de sus súbditos.


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