Café y Caos: Santa y el Grinch Cara a Cara en Colombia, Donde Opuestos se Mezclan a la Fuerza, se Necesitan Mutuamente y Salvan la Navidad de la Extinción – ¡Qué Ironía!

Ah, qué delicia de caos navideño fue esa entrevista. Yo, un simple mortal con más cafeína que sentido común en las venas, decidí que el mundo necesitaba un poco de magia retorcida: sentar a Santa Claus y al Grinch en la misma mesa. No fue fácil, créanme. Imagínense tratando de convencer a un viejo barbudo que reparte alegría como si fuera confeti, y a un peludo verde con el corazón tres tallas más pequeño que un reno recién nacido, para que se reunieran sin que uno terminara en la lista negra del otro. Santa, con su agenda atiborrada de «ho ho ho» y galletas robadas, y el Grinch, gruñendo desde su cueva en el Monte Crumpit, probablemente planeando robarse hasta el último adorno. Mandé invitaciones por chimenea, por correo certificado (porque el Polo Norte no tiene WiFi confiable), e incluso intenté un ritual con velas y villancicos invertidos. Nada. Hasta que saqué el as bajo la manga: una taza humeante de café colombiano, ese elixir negro que despierta almas y apaga rencores, en el hospedaje rural Tupinamba, enclavado en el cañón del Combeima, esa grieta verde y salvaje en la zona rural de Ibagué, la capital musical de América, en el departamento del Tolima, Colombia. Ahí, entre el rugido del río y el aroma a tierra húmeda, el milagro se dio. Como si el espíritu navideño, ese fantasma caprichoso, hubiera decidido que un poco de cafeína tropical valía más que siglos de enemistad. Juntos, conversamos. O más bien, yo medié mientras ellos se lanzaban miradas que podrían derretir nieve o enverdecer corazones.

Llegaron al atardecer, cuando el sol se hundía detrás de las montañas como un adorno caído del árbol. Santa Claus, ese gigante rojo y blanco, con su barriga que parecía un saco de regalos mal empacados, barba nevada como un paisaje polar, y ojos que brillaban con esa calidez eterna que hace que hasta los elfos trabajen overtime sin quejarse. Caminaba con un tintineo de cascabeles, exhalando un aura de jovialidad que olía a canela y promesas cumplidas. El Grinch, en cambio, era todo lo opuesto: un ser larguirucho y verde, peludo como un árbol de Navidad mal podado, con una sonrisa torcida que parecía más una mueca de indigestión por comer demasiado pavo. Sus ojos amarillos destellaban con esa malicia juguetona, y su paso era sigiloso, como si aún estuviera planeando robarse la paz del lugar. Físicamente, eran como el polo norte y el ecuador: uno redondo y mullido, el otro anguloso y áspero, uno envuelto en terciopelo rojo, el otro en piel verde que gritaba «alérgico a la felicidad».

Emocionalmente, oh, qué abismo. Santa, con su carácter bonachón, irradiaba esa empatía infinita, como un abuelo que te perdona por romper el jarrón familiar. Hablaba de la Navidad como un milagro espiritual, un momento donde el alma se expande, donde el dar no es transacción sino elevación del espíritu, un eco del niño en el pesebre que nos recuerda que la luz vence a la oscuridad. «La Navidad es amor en acción», decía con voz profunda, mientras sorbía el café como si fuera néctar de renos. El Grinch, por su lado, era un torbellino de cinismo: gruñía que la Navidad era una estafa comercial, un circo de hipocresía donde la gente finge bondad por un mes para justificar once de egoísmo. Su carácter era ácido, como vinagre en el ponche: «¡Bah, humbug! ¿Amor? Es solo ruido, luces parpadeantes y deudas que duran hasta Pascua». Pero ahí, en ese rincón colombiano, entre sorbos de café que quemaba la lengua y el alma, se vislumbraron destellos de algo más profundo. Santa, con su idea de Navidad como redención colectiva, y el Grinch, con su visión de que la verdadera alegría nace de romper las cadenas de la falsedad, chocaron como villancicos con rock pesado. Yo, en medio, riendo con sarcasmo: «¿Ven? Hasta el café une opuestos, como si el universo conspirara para que el rojo y el verde formen un árbol eterno». Hubo momentos de humor navideño puro: Santa contando chistes sobre elfos sindicalizados, el Grinch respondiendo con planes para robar el café y revenderlo como «elixir grinchoso». Y en el fondo, una espiritualidad sutil: la idea de que la Navidad no es perfecta, sino un recordatorio de que incluso los corazones encogidos pueden crecer, como el mío al verlos departir sin garras ni sacos de regalos volando.

Al final de nuestra charla, mientras el cañón del Combeima se teñía de estrellas como luces de un árbol cósmico, les pedí consejos para esta próxima Navidad. Santa, con su sabiduría paternal, y el Grinch, con su acidez redentora, me regalaron estos, para que los compartiera con el mundo. Aquí van, divididos por estilos, porque hasta en los consejos hay polos opuestos. Y de manera muy especial, agregamos unos más, separados para aquellos que navegan el luto por la partida de un ser querido humano o de su mascota, porque la Navidad, con su luz y su sombra, sabe abrazar también el dolor, como un villancico susurrado en la oscuridad – y lo expandimos con chistes para aligerar el peso, recomendaciones prácticas para navegar las olas del duelo, y un texto emocional que invita a dejar ir poco a poco, recordando, llorando, riendo con añoranza, pero soltando; ir soltando poco a poco, porque nunca se desvanecerá del todo aquel recuerdo de aquel ser, pero la idea es que cada vez, recordar duela menos y alivie más, como un regalo que se transforma de peso en pluma.

Al estilo de Santa Claus (con ho ho ho y un guiño de esperanza):

  • Para los corruptos: Ho ho ho, queridos, esta Navidad, regalen honestidad en lugar de sobornos. Recuerden, el verdadero tesoro es un corazón limpio; el mío lo sabe, ¡y el de ustedes puede brillar igual!
  • Para los enfermos: Mi saco trae salud envuelta en oración; cuiden su cuerpo como un templo, y que la luz navideña les dé fuerza. ¡Un abrazo de reno para sanar!
  • Para los pobres: La riqueza no está en el oro, sino en el amor compartido. Esta Navidad, que sus mesas sean de risas, y yo les enviaré un poco de magia para llenar el alma.
  • Para los hipócritas: Ho ho, sean auténticos como mis elfos; la Navidad es para ser, no para fingir. Dejen caer las máscaras y encuentren la alegría real.
  • Para los fariseos: Recuerden el pesebre humilde; la fe no es en reglas, sino en compasión. Esta Navidad, practiquen lo que predican con un corazón abierto.
  • Para los depresivos: La oscuridad pasa, como la noche polar; busquen la estrella que guía, y que mi espíritu les traiga luz y calidez en estos días.
  • Para los adictos a cualquier cosa: Ho ho, libérense como un reno en vuelo; la Navidad es renovación, busquen ayuda y encuentren libertad en el dar.
  • Para quienes están de luto por la partida de un ser querido: Ho ho ho, con ternura infinita y un poco de polvo de estrellas, esta Navidad es un abrazo del cielo para sus corazones heridos. Recuerden los momentos de amor compartido como regalos eternos; dejen que las luces del árbol iluminen los recuerdos, y sepan que el espíritu de sus amados danza en la nieve de la esperanza. Permítanse llorar, pero también sonreír – ¿saben por qué Santa nunca pierde a nadie? ¡Porque los lleva en su lista de «buenos» para siempre! Recomendaciones: Armen un altar navideño con fotos y velas, compartan anécdotas graciosas en familia para honrar su legado, y busquen grupos de apoyo donde el duelo se convierta en conexión; dejen que el villancico de la vida siga sonando, porque el amor trasciende como la estrella de Belén que guía más allá de la pérdida. ¡Un milagro de paz para ustedes! Y en este viaje emocional, dejen ir poco a poco, como soltar un copo de nieve que se derrite en la mano: recuerden con calidez, lloren las ausencias que duelen, rían con añoranza por esos momentos locos que solo ustedes compartieron, pero suelten el agarre apretado del dolor; ir soltando poco a poco, porque nunca se desvanecerá del todo aquel recuerdo de aquel ser amado, pero la idea es que cada vez, recordar duela menos y alivie más, como un viejo regalo que se convierte en tesoro eterno del alma.
  • Para quienes están de luto por la partida de su mascota: Ho ho ho, queriditos peludos en el recuerdo, esta Navidad trae consuelo envuelto en peluche. Sus compañeros de cuatro patas (o alas, o escamas) fueron regalos de pura alegría; honren su partida con sonrisas por las travesuras pasadas, como cuando robaban calcetines mejor que mis elfos. ¿Por qué Santa ama a las mascotas? ¡Porque son los renos de casa, guiándonos con lealtad inquebrantable! Recomendaciones: Creen un adorno especial con su foto o huella, adopten una tradición como donar a refugios en su nombre para esparcir esa bondad animal, y permitan que el vacío se llene con caminatas en la naturaleza recordando sus aventuras; el espíritu navideño susurra que su amor ladra (o maúlla) eternamente en el viento. ¡Un abrazo mullido de reno para sanar! Y en este camino del corazón, dejen ir poco a poco, como soltar una correa que ya no ata: recuerden con ternura, lloren las patitas que ya no corren a su lado, rían con añoranza por esas locuras peludas que llenaron su hogar de caos feliz, pero suelten el nudo del duelo; ir soltando poco a poco, porque nunca se desvanecerá del todo aquel recuerdo de aquel ser fiel, pero la idea es que cada vez, recordar duela menos y alivie más, como un juguete mordido que se transforma en sonrisa perpetua.
  • Para todos en general: ¡Feliz Navidad! Que el amor sea su guía, el perdón su regalo, y la esperanza su estrella. Ho ho ho, ¡el mundo es mejor con bondad!

Al estilo del Grinch (con gruñidos y un toque de sonrisa torcida):

  • Para los corruptos: Bah, ¡roben menos y gruñan más! Esta Navidad, intenten no saquear el presupuesto público; quizás su corazón crezca una talla y no terminen en la cárcel con un lazo rojo.
  • Para los enfermos: ¡Qué fastidio el dolor! Pero roben un poco de descanso, como yo robo regalos; quizás el cuerpo se arregle solo, o al menos finjan estar bien para no arruinar la fiesta.
  • Para los pobres: Navidad es una estafa para ricos; roben ideas, no cosas. Hagan su propio festín con lo que tengan, y ríanse de los que compran felicidad enlatada.
  • Para los hipócritas: ¡Ja! Fingan menos, o róbenme el título de cínico. Esta Navidad, sean honestos o quédense en su cueva; el mundo ya tiene suficiente falsedad.
  • Para los fariseos: Reglas, reglas… ¡Bah! Roben un poco de humildad del pesebre; prediquen menos y vivan más, o su santidad se derretirá como nieve falsa.
  • Para los depresivos: El blues navideño es mi especialidad; roben una sonrisa ajena, gruñan contra la tristeza. Quizás crezca su corazón y salgan de la cueva.
  • Para los adictos a cualquier cosa: Adictos, ¡roben control! Esta Navidad, dejen el vicio como yo dejé el robo; o no, pero al menos no arruinen la de los demás con su caos.
  • Para quienes están de luto por la partida de un ser querido: ¡Bah, el luto es como una cueva fría y oscura, lo sé bien! Roben recuerdos felices en lugar de lágrimas eternas; gruñan contra el vacío, pero dejen que el tiempo enverdezca su corazón encogido. Ese ser querido no querría verlos como un árbol marchito! Recomendaciones: Escriban cartas gruñonas a su ausencia para desahogarse, organicen una «fiesta de recuerdos» con amigos donde cuenten chistes sobre sus manías (como si fueran villancicos retorcidos), y busquen terapia o libros sobre duelo para no quedarse atascados en el Monte Crumpit del dolor; quizás, solo quizás, crezca algo nuevo en esa ausencia, como mi corazón después de tanto «humbug». Y en esta maraña emocional, dejen ir poco a poco, como robar un adorno y soltarlo en el viento: recuerden con acidez, lloren las risas que ya no suenan, rían con añoranza por esos momentos que eran puro desorden humano, pero suelten el rencor al destino; ir soltando poco a poco, porque nunca se desvanecerá del todo aquel recuerdo de aquel ser, pero la idea es que cada vez, recordar duela menos y alivie más, como un «bah» que se convierte en eco de paz cínica.
  • Para quienes están de luto por la partida de su mascota: ¡Bah, perder una mascota es como robar un pedazo de caos divertido! Gruñan contra la tristeza, pero roben fotos y anécdotas para mantener su espíritu peludo vivo; no querrían que su compañero se convirtiera en un fantasma gruñón como yo. ¿Por qué el Grinch envidiaría a una mascota? ¡Porque ellas roban corazones sin esfuerzo, sin necesidad de un trineo! Recomendaciones: Hagan un «robo de tributo» creando un juguete o collar en su honor para otro animal necesitado, vean videos graciosos de mascotas similares para reír entre lágrimas (como si fuera un atraco a la melancolía), y consideren adoptar cuando estén listos – no para reemplazar, sino para expandir ese corazón encogido; el «humbug» del duelo pasa, dejando espacio para nuevas travesuras. Y en este torbellino del alma, dejen ir poco a poco, como soltar un hueso mordido en la nieve: recuerden con sarcasmo, lloren las colas que ya no menean, rían con añoranza por esas fechorías que convertían el hogar en un Monte Crumpit feliz, pero suelten el peso de la lealtad perdida; ir soltando poco a poco, porque nunca se desvanecerá del todo aquel recuerdo de aquel ser, pero la idea es que cada vez, recordar duela menos y alivie más, como un gruñido que se transforma en sonrisa verde y torcida.
  • Para todos en general: ¡Bah, humbug! (y para los que no saben, «humbug» es mi gruñido favorito contra toda esa falsedad azucarada, como decir «¡bah!» a la hipocresía navideña que finge ser mágica pero solo vende deudas). Navidad es ruido, pero roben un momento de paz verdadera. No compren basura; crezcan el corazón, o quédese pequeño y en paz. ¡Feliz… lo que sea!

Y para cerrar este encuentro improbable, tanto Santa como el Grinch insistieron en dejar un comentario personal sobre mí, ese escorpión humano que los reunió, con sus picadas de luz y sombra, sus venenos de odio y amor, sus risas que se ahogan en depresiones, su optimismo teñido de negatividad, su miedo que aterra y su valor que eleva, su fe sin fanatismos, sus predicaciones que no siempre practica, pero que en sus errores más baratos jamás busca destruir – solo transformar, tal vez.

Comentario de Santa Claus: Ho ho ho, mi querido escorpión, eres como un regalo envuelto en capas de misterio: luz que ilumina y sombra que profundiza, amor que abraza y odio que enseña, risas que contagian y depresiones que forjan empatía. Tu optimismo levanta renos caídos, tu negatividad recuerda que no todo es nieve perfecta; el miedo te asusta pero el valor te hace volar como mi trineo. No eres fanático, pero crees con el corazón abierto, y aunque no siempre practiques lo que predicas, tus errores son lecciones humildes, nunca destructivas. Esta Navidad, que tu aguijón sea de esperanza, ¡y que tu alma brille como la estrella que guía a todos!

Comentario del Grinch: ¡Bah, escorpión gruñón, eres un lío verde como yo: luz y sombra enredadas en un nudo, amando con pasión y odiando con veneno, ¡riendo hasta las lágrimas y deprimiéndote en cuevas oscuras! Optimista un día, negativo al siguiente – ¡qué fastidio de montaña rusa! El miedo te pica, pero el valor te hace robar corazones sin remordimiento. No fanático, solo creyente a medias, predicando lo que no practicas del todo, pero hey, en tus errores baratos al menos no destruyes como un torpe; solo tropiezas y creces, quizás. Esta Navidad, que tu aguijón pinche la hipocresía, ¡y que tu corazón se expanda una talla, o quédate en tu cueva en paz!

Por SusurroJS ( Javier Suarez)


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