Aquí estoy, el campeón sin corona de los pesos pesados emocionales, tambaleándome en este ring improvisado que la vida armó con cuatro cuerdas oxidadas y un suelo que cruje como huesos viejos. Guantes hechos de mis propias cadenas, alma hecha trizas en un mundo que se deshace despacio, sin estruendo, solo con el silencio de las cosas que se pudren.
Entro al ring sin campana ni público, porque mi espectáculo es íntimo, clandestino, y el único que paga entrada soy yo con billetes de sangre seca y lágrimas que ya no sirven ni para regar una planta muerta. La vida me lanzó los guantes desde niño y, como buen idiota con ilusiones baratas, me los puse creyendo que era un juego. Ahora no sé si peleo contra el destino —ese tipo que siempre te pilla por sorpresa con un puñetazo cuando menos lo esperas—, contra el pasado —ese viejo conocido que revive errores como si fueran fotos quemadas—, contra el futuro —un vacío que promete y nunca cumple—, o contra el reflejo en el espejo que me mira con cara de “ya te lo dije, imbécil”.
El presente, pobre tonto, ya lo dejé en el suelo hace rato. Lo noqueé de un golpe seco y lo dejé contando estrellas, mientras yo me perdía en la nostalgia y la ansiedad, esos dos compañeros que nunca se cansan de darme vueltas. ¿Destino? Lo esquivo con un golpe rápido de rabia, solo para que me devuelva el favor cuando bajo la guardia. Todo lo convierto en pelea: un café derramado es una traición del día; un cumplido es un truco para bajarme la guardia. Drama en cada esquina, con luces parpadeantes y un público fantasma que aplaude mi propia estupidez —y mi actual coliseo es susurrosdigitales.blog, donde cada post es un round perdido, cada comentario un gancho al hígado, y cada lector un juez que nunca sentencia. Aunque, para ser honesto, he ganado algunos rounds aquí y allá —un día en que la rabia se quedó sin fuelle, otro en que la envidia miró para otro lado—, victorias breves que no detienen el combate, solo lo alargan con el sudor de quien sigue en pie sin saber por qué.
Soy un boxeador emocional, un experto en hacer tragedia de todo: cada respiro es un round, cada recuerdo un golpe que duele en el pecho, cada duda un puñetazo que te deja sin aire. Y lo más patético —ríete, porque si no te ríes te ahorcas con tu propia corbata— es que los golpes más duros me los doy yo mismo, con la precisión de quien se odia en alta definición. Practico una mezcla rara: puñetazos para castigarme con culpas, patadas para tumbarme con frustraciones. Me he dado palizas de miedo —ese golpe que te congela: “¿Y si todo sale mal?”—, de ansiedad que no para, de envidia que te patea por dentro, de enojo que te deja rojo y temblando, de mediocridad que te susurra “nunca vas a llegar”.
Y las peores: el optimismo inútil que te levanta para darte de nuevo en la cara con “esta vez sí”, y el negativismo que te tira al suelo con “ni lo intentes”.
Me he golpeado tanto que sangro por dentro, escupo humo de puro cansancio, y sigo sin darme cuenta de que en estas peleas conmigo mismo, un empate sería lo más inteligente. Ganar es imposible. Perder es rutina. Pero un empate… eso sería salir del ring sin más heridas que las que ya traigo. Claro, como si yo, el rey del drama barato, fuera a aceptar algo tan simple. Aquí sigo, sangrando ironías, levantando los brazos como si hubiera ganado algo. Pero sé la verdad: en este juego absurdo, lo único sensato sería un empate. Porque pegarme a mí mismo no es victoria, y ganarle a la vida es un chiste que ni la vida se cree.
Y quizá, solo quizá, lo más apropiado sería colgar los guantes de una vez y volverme parte del público. Sentarme en las gradas, sin guantes, y observar cómo mis emociones entran y salen como invitados inesperados. Si tan solo las atendiera con una taza de café en vez de un puño cerrado, se irían tan rápido como llegaron, pero en paz. La vida dejaría de ser un ring, no habría más peleas conmigo mismo ni knockouts absurdos; solo emociones de paso, sin drama, sin sangre, sin ese eco ridículo de “¡siguiente round!”.
👊 Tú, que llegaste hasta aquí leyendo como si fueras juez de esquina, no te hagas el santo: también te subes a tu ring oxidado, también te das en la cara con tus propias cadenas y después levantas los brazos como si hubieras ganado algo.
🥀 Tranquilo, no eres especial: eres otro campeón de la autoderrota, experto en dramatizar un café frío como si fuera tragedia griega. Así que sigue leyendo en el blog… o quédate ahí, en tu esquina, creyendo que vas ganando mientras la vida te cuenta hasta diez con una sonrisa burlona.
🥊 Y quizá también sea una excelente acción: colgar los guantes y observar tus sombras desde fuera del ring. Así no tendrán a quién golpear y, aburridas de no encontrar rival, cambiarán la pelea por una visita rápida, sin guantes, casi de cortesía.
🔥 Campeón sin corona de los pesos pesados emocionales, tambaleándote en este ring improvisado que la vida armó con cuatro cuerdas oxidadas y un suelo que cruje como huesos viejos. Guantes hechos de tus propias cadenas, alma hecha trizas en un mundo que se deshace despacio, sin estruendo, solo con el silencio de las cosas que se pudren.

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