Todo se va. La impermanencia no es enemiga


I. Inventario de lo que se esfuma.
Todo se va. La risa de los hijos, la fuerza del cuerpo, la voz de quienes amamos… la impermanencia atraviesa cada rincón de la vida. Este ensayo no busca burlarse de lo inevitable, sino mirarlo de frente: cómo cambian las relaciones, la política, la familia, la memoria y hasta nuestras propias ideas. Una lectura para quienes quieren comprender que en la fugacidad también hay belleza y sentido.

La impermanencia es esa amistad que promete quedarse “un ratico” y, cuando te das cuenta, ya se llevó tu juventud, tu mascota, tu pareja y hasta tu cuenta de ahorros. Todo cambia: la risa de un niño se convierte en la queja de un adolescente, el político que juraba “renovar la patria” termina reciclado en un escándalo, y el cuerpo que ayer corría maratones hoy celebra poder subir las escaleras sin parecer un acordeón asmático.
II. “Es que yo soy así”: La Mentira más Permanente de lo Impermanente
La frase favorita de quienes se creen estatuas vivientes: “Es que yo soy así”. Como si la identidad fuera un tatuaje indeleble y no un grafiti que la vida borra y reescribe a su antojo. La impermanencia se ríe de esa excusa: hoy eres terco, mañana flexible; hoy odias el brócoli, mañana lo amas porque lo recomiendan en un podcast de longevidad. Decir “yo soy así” es como intentar congelar un río: al final, el agua siempre encuentra la forma de seguir fluyendo.
III. Política: El Reality Show de la Transitoriedad
Si hay un escenario donde la impermanencia se pavonea con lentejuelas, es la política. Gobiernos que prometen eternidad duran menos que un trending topic en Twitter. Hoy se aplaude a un líder como salvador, mañana se le exige renuncia con la misma pasión con que se corea un gol. La democracia, en el fondo, es un recordatorio institucional de que nada ni nadie es eterno: ni los discursos, ni las encuestas, ni las estatuas (que tarde o temprano terminan grafiteadas).
IV. Relaciones: El Contrato con Cláusula Invisible
El amor eterno suele durar lo que dura la batería del celular. Las parejas juran “para siempre” mientras negocian quién se queda con la mascota si todo falla. Y ahí está la impermanencia, riéndose: porque incluso los amores más sólidos se transforman, a veces en amistad, a veces en indiferencia, y otras en un expediente judicial.
V. Mascotas: Profesores de lo Efímero
Una mascota enseña más sobre la impermanencia que cualquier gurú. Llegan cachorros, con olor a ternura y desastre, y un día, sin pedir permiso, se van. Su partida duele, pero también nos recuerda que la vida se mide en momentos compartidos, no en calendarios. Ellas viven como si fueran eternas, pero nos entrenan para aceptar que no lo somos.
VI. Familia: El Álbum que se Reescribe Solo
La familia es un laboratorio de impermanencia. Los abuelos que parecían inamovibles se vuelven fotos en la sala. Los hijos que juraban no irse nunca, terminan en otra ciudad, y los almuerzos de domingo se transforman en videollamadas con mala señal. La mesa cambia, pero el eco de las risas queda, recordándonos que lo único permanente es el recuerdo. Hasta que se te olvida recordar.
VII. Enfermedad, Dolor y Cuerpo: El Recordatorio Biológico
El cuerpo es el mejor ejemplo de que todo se desmorona con elegancia (o sin ella). El cabello se muda, las rodillas protestan, y la piel se arruga como papel reciclado. La enfermedad aparece como un maestro cruel que nos grita: “¡Aprovecha mientras puedas!”. Y el dolor, aunque insoportable, también caduca: ningún sufrimiento es eterno, aunque en el momento parezca diseñado por un guionista sádico.
VIII. Edad e Ideas: El Museo en Constante Remodelación
La edad nos convierte en coleccionistas de impermanencia. Lo que ayer era moda hoy es meme. Las ideas que defendíamos con uñas y dientes se vuelven obsoletas, y lo que jurábamos “innegociable” se convierte en anécdota. Cambiar de opinión no es traición: es aceptar que la vida es un río, no una estatua.

Epílogo: La Moraleja que No se Deja Atrapar
La impermanencia no es enemiga, es la entrenadora personal que nos prepara para la vida real. Nos recuerda que nada dura: ni el dolor ni la gloria, ni la juventud ni la derrota. Y en esa fugacidad está el secreto: reírnos del absurdo, abrazar lo que tenemos mientras lo tenemos, y soltar cuando toque.
La muerte, al final, es el sello definitivo de la impermanencia: lo que existe y lo que no, lo visible y lo invisible, todo se disuelve bajo su firma. Incluso los ciclos que parecen cerrarse en un círculo eterno —el día, la noche, las estaciones, los sentimientos— cambian en su interior: la hora avanza, el día se transforma, la emoción muta. Nada se repite igual, aunque lo parezca.
Moraleja: La impermanencia no es tragedia, es liberación. Si todo cambia, entonces nada nos pertenece del todo… y eso, paradójicamente, nos da permiso para vivir con más ligereza, más gratitud y, por qué no, con más humor.


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