Aullidos aun sin luna llena

“A tu sombra no la disfraces: el traje de cordero no oculta sus colmillos.”

Te sorprende el aullido antes de que la luna se asome. No necesitas penumbra ni bosque: basta el pasillo de un hospital, el eco de un convento, la fila de un colegio, el silencio incómodo de un teatro. Allí, donde se supone que reina la compostura, tu sombra se despereza, se estira, y de pronto te convierte en lobo. Aúllas.
Y los que no aúllan todavía te miran con desprecio, como si fueran estatuas de yeso incapaces de quebrarse. Pero espera: cuando su propio aullido les reviente en la garganta, se espantarán de sí mismos, como quien descubre que el monstruo bajo la cama siempre fue su reflejo.
Porque el lobo no pide permiso.
El lobo es esa parte tuya que escondes bajo capas de vergüenza, miedo, tradición, conveniencia, hipocresía. Esa parte que intentas maquillar con rezos, contratos, uniformes, diplomas, selfies. Y sin embargo, el lobo mastica tus disfraces y se ríe con los colmillos manchados.

Ejemplos de lobos disfrazados
En templos y salones

  • Ella, que predica fidelidad con voz de santa, pero en la penumbra acaricia pieles ajenas como si fueran rosarios.
  • Él, que jura respeto a la vida, pero negocia armas con la misma sonrisa con que bendice la mesa.
  • Aquellos, que se llenan la boca de justicia, pero roban con la pluma más rápido que un ladrón con navaja.
  • El estudiante que denuncia la corrupción, pero copia en el examen como si fuera un derecho adquirido.
  • El soldado que defiende la bandera, pero vende secretos al mejor postor.
  • La actriz que llora en escena por la verdad, pero en camerinos apuñala reputaciones con cuchillos de rumor.
  • El guía espiritual que habla de amor universal, pero hierve de rabia mientras medita, cuando algo con sus «vibras» no se alinea.
  • El predicador que sonríe dulcemente en la misa, pero conduce con la furia de un demonio vial.
    En la calle y el barrio
  • El vecino que grita contra la corrupción mientras vende minutos de celular con recargo doble, “porque aquí nadie da vuelto”.
  • La señora que reza el rosario en la tienda, pero fía solo a los que llegan en camioneta.
  • El muchacho que predica respeto, pero pinta insultos en la pared del colegio rival con aerosol robado.
  • El chofer que lleva estampita de santo en el tablero, pero cobra pasaje completo al estudiante aunque lo baje a dos cuadras.
  • El policía que sermonea sobre orden, pero alquila el chaleco a un primo para que se cuele en el concierto.
  • El tendero que habla de honradez, pero pesa el arroz con la balanza trucada, convencido de que “nadie se da cuenta”.
  • El predicador de esquina que grita contra el vicio, pero en la noche se emborracha con aguardiente barato en la misma acera.
  • La vecina que sonríe fingidamente en la reunión del barrio, pero guarda un odio secreto contra todos, aunque luego presta azúcar con la mejor cara de “buena persona”.
  • El psicólogo que tapa con sus diagnósticos de lucidez, la locura inevitable de sus múltiples personalidades.
    En la política
  • El líder que habla de paz en la ONU mientras firma contratos de armas bajo la mesa.
  • El presidente que promete salvar el planeta en cumbres climáticas, pero defiende el petróleo como si fuera reliquia sagrada.
  • El mandatario que condena dictaduras ajenas, pero encarcela periodistas en su propio país.
  • El congresista colombiano que se indigna en televisión por la pobreza, pero cobra viáticos de lujo para “sesionar” en el Caribe.
  • El alcalde que inaugura parques con discursos de infancia feliz, pero se roba hasta los columpios.
  • El político que promete acabar con la coca, pero financia su campaña con dineros del narco.
  • El caudillo que se proclama salvador del pueblo, pero reparte ministerios como si fueran botín de guerra.
  • El diplomático que habla de derechos humanos, pero negocia con regímenes que desaparecen opositores.
    Todos lobos. Todos aullamos aunque juremos que no.

El espejo de la sombra
Carl Jung te susurra: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.”
Buda sonríe con ironía: “El enemigo más difícil no está afuera, sino en tu propia mente.” Y si lo escuchas con atención, parece añadir que no hay ejército, ni frontera, ni discurso político que supere la guerra íntima contra la avidez, la ira y la ignorancia. Que puedes conquistar ciudades, levantar imperios, firmar tratados, pero si no dominas tu propio deseo, seguirás siendo esclavo de un amo invisible. El lobo interior, diría él, no se mata: se observa, se comprende, se doma con la paciencia de quien mira pasar las nubes sin intentar detenerlas.
La Biblia, con su tono solemne, recuerda que hasta los justos tropiezan siete veces, y que el polvo no se sacude con sermones sino con barro en las manos. Y si rascas un poco más, te recuerda que Caín no mató a Abel por hambre, sino por envidia; que David, el rey poeta, también se dejó arrastrar por el deseo; que Pedro negó tres veces antes del canto del gallo. Es decir: hasta los santos tienen colmillos escondidos, y la Escritura no los disfraza, los exhibe como advertencia. El mensaje no es que seas perfecto, sino que reconozcas la grieta, el barro, el lobo que te habita.
Y tú entiendes, entre carcajadas negras, que el aullido no se calla con censura ni con moralinas. Porque —y aquí va la frase que deberías tatuarte en la lengua—:
“La moral es el mapa, no el camino.”

Manual sarcástico para domar al lobo

  • No lo encierres: terminará royendo las rejas y saldrá más hambriento.
  • No lo niegues: el silencio es gasolina para su garganta.
  • No lo disfraces: el traje de cordero no oculta sus colmillos.
  • Escúchalo. Hazlo tu cómplice. Déjalo enseñarte que tu sombra no es tu enemiga, sino tu mitad más honesta.
    El humor negro de la vida es que los lobos no destruyen: revelan.
    El aullido no mata: desnuda.
    Y lo que más temes no es la bestia, sino reconocerte en su eco.

Epílogo
Así que cuando tu sombra se manifieste en medio del aula, del cuartel, del púlpito, del escenario, de la tienda de barrio, del bus atestado, del congreso o de la cumbre internacional, no corras. Aúlla.
Hazlo con sarcasmo, con rima, con la certeza de que todos —absolutamente todos— tarde o temprano se quiebran en colmillos.
Porque el lobo eres tú, y el aullido es la confesión que nunca quisiste firmar.

Coda final
Y sin embargo, dejar aullar a tu lobo no significa entregarle la orquesta completa. Permitirle su rugido, sin que su grito sea la sinfonía constante a todo volumen, abre espacio para la otra parte de ti: la que no tiene colmillos, ni garras, ni aullidos. Esa parte que acaricia en vez de morder, que calla en vez de desgarrar, que sabe escuchar el silencio como si fuera música. Porque no todo es furia ni todo es calma: el equilibrio no se alcanza silenciando al lobo, sino dejándolo cantar su estrofa sin que se robe el concierto.
Cuando ambas conviven —el lobo y la calma, el colmillo y la caricia— surge una armonía extraña, feroz y tierna a la vez. Es como un tango entre la bestia y el ángel, un vals donde la garra marca el compás y la ternura suaviza el paso. El lobo recuerda que eres humano, imperfecto, contradictorio; la calma recuerda que también eres capaz de ternura, de pausa, de no devorar todo lo que tocas.
Y en esa convivencia incómoda, donde la sombra no se esconde y la luz no se impone, aparece lo que podrías llamar madurez, o simplemente honestidad brutal: aceptar que eres ambas cosas, que tu mapa no es el territorio, que tu moral no es la ruta sino apenas la brújula. Así es: complejamente simple, como un aullido que se convierte en susurro, y un susurro que, de pronto, también sabe aullar.

Por SusurroJS (Javier Suárez)


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