«El Halloween eterno colombiano»
En Colombia no hace falta esperar a octubre para que llegue Halloween. Aquí, el miedo no se disfraza: se sienta en el Congreso, sonríe en cadena nacional, cabalga en su imperio de miles de hectáreas, y firma decretos con tinta de azufre. La criatura tiene nombre de leyenda urbana: El Dos Cabezas del Averno. Una aberración que no nació en los pantanos góticos de Transilvania, sino en las urnas, en los aplausos, en la fe ciega de un pueblo que confunde salvadores con verdugos.
El monstruo no necesita capa ni colmillos. Su verdadero poder está en sus dos rostros: uno que promete orden con mano de hierro, otro que jura redención con verbo inflamado. Dos cabezas, un solo cuerpo, y un país entero atrapado en su abrazo de ramas secas y promesas podridas. Lo más espeluznante no es la criatura en sí, sino su séquito: multitudes que tiemblan de miedo o se envalentonan de furia según cuál de las dos bocas hable, según cuál de las dos firmas aparezca en el decreto del día.
Halloween, en comparación, es un juego de niños. Las calabazas talladas parecen linternas ingenuas frente a las sonrisas de este engendro. Los disfraces de bruja y vampiro resultan ternura pura al lado de los discursos que, con cada palabra, convierten la esperanza en un conjuro de repetición infinita. Aquí no se reparten dulces: se reparten subsidios, contratos, amenazas veladas. Y el pueblo, ingenuo, sigue tocando puertas con la ilusión de que algún día el trato no sea truco.
El Dos Cabezas del Averno no camina: se arrastra como raíz retorcida, abrazando instituciones, partidos, plazas públicas. Su piel es un mosaico de grietas, como si el tiempo mismo se hubiera cansado de sostenerlo. Y sin embargo, sigue ahí, rejuvenecido por la devoción de quienes lo veneran como santo o lo maldicen como demonio. Porque en Colombia, la fe política es un exorcismo fallido: se grita contra el monstruo, pero al final se le abre la puerta.
Lo más tenebroso es la obediencia. No la del monstruo, que nunca obedece, sino la de sus seguidores. Cuando habla la primera cabeza, tiemblan de disciplina, convencidos de que el miedo es orden. Cuando habla la segunda, se envalentonan de esperanza, convencidos de que la rabia es justicia. Y así, entre temblores y gritos, el país entero se convierte en un aquelarre donde la multitud baila al ritmo de decretos que cambian de tono, pero nunca de esencia.
El Dos Cabezas del Averno no necesita octubre: él es octubre. Un calendario entero de sustos, un carnaval de máscaras eternas donde cada día es víspera de Todos los Muertos. Colombia vive en un Halloween perpetuo, con urnas que parecen calderos y votos que saben a caramelos envenenados.
Y mientras tanto, el pueblo sigue preguntando, con la ingenuidad de un niño disfrazado en la puerta equivocada:
—¿Dulce o truco?
La respuesta siempre es la misma:
—Truco. Siempre truco.
Por Susurro JS
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