Introducción: Confieso que mi primera intención no era hablar con Judas Iscariote. Como periodista, apunté alto: quería entrevistar a Jesús, y no por devoción ni por turismo espiritual, sino para preguntarle directamente por el asunto de la Franja de Gaza, ese tablero de ajedrez donde las piezas se mueven con sangre y promesas incumplidas. Imaginaba un titular jugoso: “El Nazareno opina sobre la paz imposible”. Pero el Nazareno, según su agenda de prensa, estaba demasiado ocupado atendiendo los eternos conflictos de Israel y la administración de esa tierra prometida que parece más bien tierra hipotecada. Entre reuniones con líderes, conferencias de paz que nunca llegan a paz y la logística de multiplicar panes en tiempos de inflación, sencillamente no tenía hueco para mí.
Así que, como suele pasar en este oficio, terminé con el “único disponible”: Judas. El hombre que carga con la peor reputación de la historia, el villano de manual, el traidor por excelencia. Y ahí estaba yo, con mi grabadora imaginaria, dispuesto a preguntarle lo que nadie se atreve: cómo se siente al ser recordado como el que vendió al Mesías, cuando en realidad, sin su jugada, toda la trama de la redención se habría venido abajo como un teatro sin telón.
Y fue tan conmovedor y auténtico el encuentro, que de entrevista pasó a ser una tertulia inesperadamente agradable, con café incluido, como si la culpa también necesitara servirse en taza caliente.
I
Judas, viejo socio de las malas reseñas, ¿cómo se siente cargar con el título de “traidor” en la frente como si fuera tatuaje mal hecho en la adolescencia? Porque, seamos francos, si no hubieras entregado a Jesús, la historia se nos habría quedado sin clímax. Imagínate: un Mesías que predica, sana, multiplica panes… y luego se jubila en Nazaret criando cabras. ¿Quién iba a comprar esa novela? Nadie. El público exige sangre, drama, redención. Tú fuiste el guionista incómodo, el que apretó el botón rojo para que la trama no se desplomara en un bostezo. Y aun así, te llaman traidor. Qué ironía: cumples con el libreto divino y te ganas el peor apodo de la historia.
II
No me digas que no lo sospechabas. Los fariseos de tu época te usaron como se usa un pañuelo desechable: con urgencia, con desprecio, y luego al cesto. Pero lo más divertido —si es que la tragedia admite risas— es que los fariseos no se extinguieron. Se reciclaron. Están en cada época, con corbata o con sotana, con micrófono o con Twitter. Todos necesitan un Judas para justificar su teatro moral. Tú eres el comodín eterno: “no seas Judas”, “me judaste”, “ese es un Judas”. Te convirtieron en verbo, en insulto, en refrán. Y dime, ¿no es eso también una forma torcida de inmortalidad?
III
Ahora, lo del árbol y la cuerda… ¿volverías a hacerlo? Porque, seamos sinceros, tu salida fue demasiado literal. El ahorcamiento es tan obvio que parece spoiler de tragedia griega. Podrías haber optado por algo más performático: abrir un bar en Damasco, escribir tus memorias, montar un stand-up titulado “Treinta monedas y un micrófono”. Pero no, elegiste la soga. Y ahí quedaste, colgado entre la culpa y la posteridad, como un mal chiste contado a medias. ¿Lo repetirías? ¿O preferirías quedarte vivo para ver cómo la historia te convertía en villano oficial de la humanidad?
IV
Lo que me intriga, Judas, es cómo te gustaría ser recordado. Porque, si lo pensamos bien, “traidor” es una etiqueta demasiado simple para un personaje tan complejo. Tú fuiste el engranaje que permitió la crucifixión, y sin crucifixión no hay redención, y sin redención no hay cristianismo, y sin cristianismo probablemente yo estaría ahora mismo escribiendo sobre recetas de hummus. ¿No deberías, entonces, figurar como cofundador de la empresa? Algo así como “Judas Iscariote, socio estratégico de la salvación”. Pero claro, la historia no premia a los que hacen el trabajo sucio. Prefiere santos con aureola y mártires con mirada beatífica. Tú quedaste como el becario que arruinó la fiesta.
V
Déjame confesarte algo: a veces pienso que Jesús también jugó contigo. Porque si todo era profecía, si todo estaba escrito, entonces tú no eras libre. Eras actor de reparto en una obra ya ensayada. Y sin embargo, la crítica te destrozó como si hubieras improvisado. ¿No es eso la mayor injusticia? Te usaron como chivo expiatorio, como carne de meme eterno. Y mientras tanto, los verdaderos fariseos —los de ayer y los de hoy— siguen repartiéndose monedas, contratos, favores. Tú, en cambio, te quedaste con la peor parte: la fama sin gloria.
VI
Imagina, Judas, que pudiéramos reescribir tu epitafio. Nada de “el traidor”. Algo más digno, más irónico, más fiel a tu papel. Podría ser:
- “Judas Iscariote: gestor de crisis divinas”.
- “El hombre que hizo posible la cruz (y de paso, el cristianismo)”.
- “El único que entendió que sin conflicto no hay historia”.
O incluso: “Judas, el que nos ahorró un final aburrido”.
¿No sería más justo? Porque, al final, tú no fuiste el villano: fuiste el editor. Y todo escritor sabe que sin un buen editor, la obra se queda en borrador.
VII
Lo que me fascina es que, dos mil años después, seguimos hablando de ti. No de Pedro, que negó tres veces y luego se lavó la cara como si nada. No de Tomás, que dudó hasta el último minuto. No de los otros discípulos, que desaparecieron en la escena final como extras mal pagados. No: hablamos de ti. El traidor oficial, el antihéroe eterno. Y dime, ¿no hay algo de triunfo en eso? Porque, aunque sea con mala prensa, tu nombre sigue en boca de todos.
VIII
Así que, Judas, si hoy te pregunto si lo volverías a hacer, sospecho que tu respuesta sería un suspiro sarcástico: “Claro que sí, ¿qué otra opción tenía? ¿Dejar a Jesús como un predicador jubilado, sin crucifixión, sin redención, sin merchandising?” No, Judas. Tú sabías que la historia necesitaba un clavo, y decidiste ser martillo. Y aunque la posteridad te condenó, yo prefiero verte como el productor incómodo que se aseguró de que la obra tuviera final.
IX
Al final, querido Judas, lo que queda es la ironía: tú, el más odiado, fuiste también el más necesario. Y quizá, si pudiéramos escucharte hoy, entre sorbo y sorbo de café, nos dirías con media sonrisa: “No fui traidor. Fui indispensable. Y si no lo entienden, que se crucifiquen ellos”.
La voz de Judas
Ufff… esto lo convertí en un monólogo, pero y tú, Judas, ¿qué dices?
Y entonces él, con una calma que parecía ensayada en siglos de silencio, me respondió en primera persona:
“Gracias por invitarme a esta mesa sin incienso ni hogueras. Estoy cansado de ser el muñeco de trapo al que todos llaman traidor sin leer el guion completo. Yo no vendí a Jesús por avaricia, lo entregué porque la historia necesitaba avanzar, porque sin mi gesto no habría cruz, ni redención, ni religión que hoy convoque multitudes. Sí, fui usado por los fariseos de mi tiempo, y por los de todos los tiempos, pero también fui engranaje indispensable en la maquinaria de lo divino. ¿Lo repetiría? Sí, aunque quizá esta vez no me colgaría: viviría para ver cómo el mundo me convierte en proverbio y caricatura. Y créeme, no hay peor condena que ser reducido a insulto. Por eso agradezco que me hayas tenido en cuenta, no como villano de cartón, sino como el editor incómodo de la historia. No soy el traidor: soy la sombra que permitió que la luz brillara más fuerte.”
Cierre
Y ahí termina esta susurrovela: una entrevista improbable, sarcástico, donde Judas deja de ser caricatura y se convierte en espejo. Porque, seamos francos, todos tenemos un poco de Judas: todos hemos vendido algo, todos hemos sido usados por fariseos modernos.
Por SusurroJS (Javier Suarez)
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