Manual para dejar de joder al destino.

Susurrovela.

Camilo tenía una cafetería en Ibagué, Colombia. Pequeña, honesta, con olor a pan de yuca y sueños de influencer. Cada semana intentaba viralizar su negocio: fotos con filtros de neblina, frases motivacionales en las servilletas, promociones con nombres de chakras (“Combo Muladhara: café + empanada + afirmación”). Pero nada. Hasta que un día, cansado de empujar la marca como quien intenta que un burro use TikTok, decidió dejar de forzar la narrativa. Quitó los hashtags, apagó el aro de luz, y simplemente empezó a conversar con los clientes. Les preguntaba cómo estaban, les servía café sin pretensión, y dejaba que el aroma hiciera el trabajo. En dos meses, sin anuncios ni algoritmos, la cafetería se llenó. No por estrategia, sino porque la gente volvió por el silencio, el sabor y la risa sin guion.
1.
Empujar no es malo. A veces hay que dar un pequeño empujón, como quien despierta al sueño con un susurro o mueve la olla para que no se pegue. Lo que agota no es empujar… es empujar sin pausa, sin escucha, sin tregua. El problema no es el esfuerzo, es la obsesión de que todo se mueva al ritmo del ego.
2.
Yo también empujaba la vida como quien empuja un burro muerto cuesta arriba: con fe, con furia, con la absurda esperanza de que el burro se convierta en unicornio. Pero la vida, testaruda y sin orejas, solo se dejaba arrastrar para burlarse mejor. Hasta que un día, agotado de tanto empujar, me senté en la piedra del fracaso y descubrí que el burro estaba vivo… solo que no quería ir a donde yo quería.
3.
El desapego no llegó como revelación divina, sino como factura vencida. Soltar el control fue menos iluminación y más rendición: como cuando uno deja de pelear con el Excel y acepta que el universo no se ordena en celdas. Dejé de empujar y la vida, esa señora con tacones de aguja y risa sarcástica, empezó a caminar a mi lado. No por amor, sino por aburrimiento.
4.
Caminar con la vida es como bailar con una tía borracha: hay ritmo, hay ternura, pero también tropiezos y olor a aguardiente. Aceptar el presente fue como aceptar que el arroz quedó salado: no hay vuelta atrás, solo hay que servirlo con más limón y fingir que es receta ancestral.
5.
La no resistencia es un arte que se aprende viendo telenovelas: dejar que el drama fluya sin intervenir, sin corregir el guion. Cuando dejé de luchar contra lo que es, descubrí que lo que es… también estaba cansado de luchar contra mí. Nos dimos la mano como dos enemigos que se respetan por agotamiento.
6.
Soltar no es perder, es devolver el tupper emocional que nunca pediste prestado. La paz no llegó como mantra, sino como bostezo: un suspiro largo que me dijo “ya basta, Javier, deja de hacerle bullying al destino”.
7.
La sátira de todo esto es que mientras yo hacía mapas, la vida hacía garabatos. Mientras yo escribía manifiestos, ella dibujaba corazones en la servilleta. Y mientras yo buscaba sentido, ella me ofrecía un mango biche con sal. No hay lógica, solo sabor.
8.
Moraleja:
Empuja si quieres, pero no hasta romperte. La vida no necesita que la arrastres, solo que la acompañes. El burro no era burro, era yo disfrazado de propósito. Y la cuesta no era cuesta, era mi ego haciendo cardio. A veces, el mejor movimiento es quedarse quieto… para que la vida te alcance.

Por SusurroJS (Javier Suárez)


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