Susurrovela doméstica:
La vela fue encendida a las 6:47 a.m., justo antes de que el sol decidiera hacer lo suyo. No por devoción, ni por estética, sino porque Clara había leído en un blog de espiritualidad funcional que encender una vela antes de tender la cama alineaba los chakras del colchón. El fuego titilaba con la dignidad de quien sabe que será ignorado, mientras ella estiraba las sábanas como si fueran testigos de un crimen pasional. El ritual comenzaba.
El desayuno fue una ceremonia de alto riesgo. Clara colocó la tostadora frente a la vela, como si esperara que el pan se confesara antes de ser sacrificado. El café, por supuesto, fue servido en una taza con la inscripción “Namasté, perra”. Cada sorbo era un acto de redención, cada migaja un sacrificio menor. La vela, estoica, observaba sin juicio. O eso creía Clara. En realidad, la vela juzgaba con la intensidad de una tía católica en misa.
A las 9:03, Clara se enfrentó al monstruo del día: el correo electrónico. Antes de abrirlo, se acercó a la vela y susurró: “Que no me escriba mi jefe, que no me escriba mi jefe”. El fuego parpadeó, como si dudara entre conceder el deseo o prenderle fuego al portátil. El correo llegó. Era su jefe. La vela no era milagrosa, pero sí tenía sentido del humor.
El almuerzo fue precedido por una danza de cuchillos. Clara los alineó como si fueran runas vikingas, cada uno apuntando a una dirección emocional. La vela fue trasladada al comedor, donde presenció el acto de cortar una cebolla con la solemnidad de quien diseca recuerdos. Las lágrimas no fueron por la cebolla, sino por el mensaje de voz de su ex, que decía “Solo quería saber si aún tienes mi libro de Kundalini”. Clara lo tenía. Lo usaba para nivelar una mesa coja.
A las 3:15 p.m., Clara decidió limpiar el baño. Encendió una segunda vela, esta vez aromática, con olor a “bosque ancestral”. El bosque ancestral olía a detergente barato y arrepentimiento. Mientras frotaba el inodoro, recitaba mantras que había inventado: “Que se vaya la mugre, que se quede la dignidad”. La vela, colocada sobre el lavamanos, parecía preguntarse si había nacido para esto.
La tarde transcurrió entre llamadas no respondidas, memes espirituales y una meditación guiada por una influencer que decía “inhala abundancia, exhala escasez” mientras vendía collares de cuarzo. Clara encendió una tercera vela, esta vez negra, “para cortar energías”. La vela negra se derritió como sus expectativas. El fuego no cortó energías, pero sí quemó el mantel.
Al caer la noche, Clara se sentó frente a la vela original, ya moribunda. Le habló como se habla a un amigo que no cumplió lo prometido: con cariño, pero con rencor. “No hiciste nada, pero al menos estuviste”, dijo. La vela chisporroteó, como si respondiera: “Tú tampoco hiciste mucho, pero qué espectáculo”.
Y así terminó la susurrovela doméstica. No hubo revelaciones, ni epifanías, ni chakras alineados. Pero hubo fuego, sarcasmo y una mujer que convirtió lo cotidiano en rito, lo inútil en arte, y lo absurdo en compañía. Porque a veces, encender una vela no cambia el mundo, pero sí lo ilumina lo suficiente como para reírse de él.
Por: SusurroJS (Javier Suarez)
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