“La verdadera tragedia no es estar roto, sino gastar la vida entera intentando ocultar las grietas por donde, al final, entra la luz.
(Susurrovela)En un pueblo donde hasta las palomas parecían marchar en fila, vivía un hombre convencido de que la vida era un mueble defectuoso. Su misión, autoimpuesta y delirante, consistía en apretar cada tornillo flojo de la existencia. No había grieta que escapara a su radar ni sombra que no intentara iluminar con un foco de ferretería emocional. El caos, para él, no era un estado natural, sino un insulto personal.
Con el tiempo, su obsesión se volvió contagiosa. Los vecinos lo consultaban para todo: desde cómo pegar un florero hasta cómo recomponer un matrimonio. Él respondía con la misma seriedad con la que un cirujano sostiene un bisturí. Lo que nadie se atrevía a decirle era que sus soluciones eran tan duraderas como un parche de curita en un terremoto. Pero claro, el hombre se sentía un héroe: un dios de bolsillo con destornillador incluido.
El problema era que, en su cruzada contra la imperfección, jamás miraba sus propias grietas. Caminaba con la espalda recta, como si no tuviera fracturas internas, como si la ansiedad no le oxidara los huesos. Rechazaba cualquier insinuación de vulnerabilidad, convencido de que mostrarse roto era una derrota. No entendía que, precisamente por esas fisuras, la luz encontraba entrada.
El universo, que tiene un sentido del humor cruel y refinado, decidió darle pequeñas victorias. A veces lograba “arreglar” algo: una amistad, una lámpara, un discurso motivacional de segunda mano. Y entonces se inflaba como un emperador de la armonía. Pero pronto, lo reparado volvía a romperse, y la realidad se burlaba de él con carcajadas invisibles. Era un Sísifo doméstico, empujando la roca de la perfección cuesta arriba, solo para verla rodar de nuevo.
Su casa se convirtió en un museo grotesco de objetos parchados y relaciones engrampadas. De lejos, todo brillaba como si fuera nuevo; de cerca, se veían las costuras torcidas, los hilos colgando, el pegamento seco. Era la estética del remiendo elevado a estilo de vida. Y él, orgulloso curador de esa galería de fracasos, seguía convencido de que el próximo arreglo sería el definitivo.
Pero la vida, que no tolera la soberbia del control, le preparó la estrellada inevitable. Un día, mientras intentaba “reparar” una relación que pedía libertad y no tornillos, la estructura entera se desplomó. No hubo cinta adhesiva capaz de sostener el derrumbe. Allí quedó él, rodeado de ruinas, con su manual de instrucciones inútil en la mano, como un profeta desmentido por su propio dios.
El golpe fue tan brutal que, por primera vez, se vio obligado a mirar sus propias grietas. Descubrió que no eran fallas, sino ventanas. Que la luz no entraba por las superficies lisas y perfectas, sino por las fisuras que tanto había intentado sellar. Y en ese destello de ironía cósmica, comprendió que su obsesión por controlar todo había sido la forma más refinada de perderlo todo.
Desde entonces, el pueblo lo recuerda no como el gran reparador, sino como el hombre que aprendió demasiado tarde que el caos no se arregla: se habita. Y que la verdadera tragedia no es estar roto, sino gastar la vida entera intentando ocultar las grietas por donde, al final, entra la luz.
Moraleja: La moraleja que deja este relato es que la obsesión por controlar y reparar todo —personas, objetos, destinos— no solo es inútil, sino destructiva. Quien se empeña en tapar cada grieta termina negando las propias, y en esa negación se condena a vivir rodeado de parches frágiles y victorias ilusorias. La ironía es que lo que tanto se intenta ocultar —las fisuras, las imperfecciones, el caos— son precisamente los espacios por donde entra la luz, la vida y la posibilidad de transformación. El verdadero fracaso no es estar roto, sino gastar la existencia entera en maquillar las fracturas, en lugar de habitarlas y dejar que nos iluminen.
POR SusurroJS
Javier Suárez
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