El vacío que persiste.

Han pasado nueve años desde que aquellas palabras fueron escritas, y sin embargo, su eco no se ha disipado. Como si el tiempo, en lugar de curar, se hubiera limitado a envolver la herida con un velo más espeso, más denso, más oscuro.

El deseo de paz, de esa paz suficiente para bendecir la vida y entregarse sin resistencia a la muerte, sigue intacto. No se ha marchitado, pero tampoco ha florecido. Permanece suspendido, como una plegaria que nunca encontró respuesta, como un equipaje que aún no ha sido cerrad
El tiempo ha pasado, sí, pero el vacío permanece. Y ese vacío no es un hueco cualquiera: es un vientre oscuro, un útero de sombras que no engendra, que no da a luz, sino que retiene. Allí, en ese espacio detenido, las horas se acumulan como polvo en un altar olvidado. La vida se mueve, los días se suceden, los cuerpos envejecen, pero el alma sigue atrapada en la misma pregunta: ¿cuándo será el espíritu quien empaque el equipaje y no el ego?

La sensación de estancamiento es un río detenido en su cauce. El agua no avanza, no se renueva, y en su quietud se refleja un rostro que ya no es el mismo, pero que tampoco ha cambiado del todo. El yo de hace nueve años y el yo de ahora se miran en ese espejo inmóvil, reconociéndose en la misma nostalgia, en la misma confusión, en la misma espera. La eternidad, que parecía un horizonte lejano, se ha convertido en un espejo cercano: no promete claridad, sino que devuelve la imagen de un vacío que no se llena.

Y sin embargo, en esa persistencia hay también un misterio. El vacío no es solo ausencia: es también un recordatorio de lo que aún no ha sido entregado, de lo que aún no ha sido comprendido. Es un maestro silencioso que insiste en que la muerte no será un tránsito limpio si el espíritu no aprende a soltar. El ego, con sus miedos y sus apegos, sigue guardando objetos inútiles en la maleta. El espíritu, paciente, espera su turno para ordenar, para elegir, para dejar ir.
Quizás la lección de estos nueve años no sea la de haber avanzado, sino la de haber aprendido a habitar el estancamiento. A reconocer que el tiempo humano no siempre coincide con el tiempo del alma. Que hay vacíos que no se llenan, sino que se atraviesan. Que la eternidad no se conquista con prisa, sino con la lenta maduración de un espíritu que, algún día, sabrá empacar su equipaje con manos firmes y ligeras.

Hasta entonces, el vacío seguirá siendo compañero. Oscuro, sí, pero también fértil en su silencio. Porque incluso en la quietud, incluso en la sensación de estar detenido, la vida sigue respirando. Y en ese respiro, aunque tenue, late la posibilidad de renacer.

Por: SusurroJS

Liturgia del Vacío Persistente:

La Liturgia del Vacío Persistente nace para quienes saben que la debilidad también habita en medio del valor de la fe, y que no hay culpa en reconocerlo. Es un gesto de compasión hacia aquellos que creen ser responsables de nuestras tristezas o alegrías, recordándoles que la vida simplemente es: sombra y claridad, herida y respiro, tránsito y espera. En este rito no se niega la fragilidad, se la honra. Porque al comprender que en cuerpo no somos inmortales, se abre la certeza de que nada hay de malo en abrazar el final, ya sea desde el vacío o desde la claridad en la que cada alma se encuentre.


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