Hoy amanecí con el alma emprendedora de un conquistador renacentista, pero con el cuerpo de una planta decorativa en huelga.
Mi mente, esa entusiasta productora de ideas, ya había fundado tres empresas, escrito un manifiesto poético y rediseñado el branding de la existencia… todo antes del primer café. Pero mi voluntad, esa señora caprichosa con bata y pantuflas, decidió que hoy no se levanta ni para cambiar de canal. La dicotomía es clara: soy un huracán de intenciones atrapado en la calma chicha de un sofá que me abraza con la fuerza de mil excusas.
Es curioso cómo el deseo de hacerlo todo puede convivir tan cómodamente con la apatía más sofisticada. Hoy, por ejemplo, tengo la agenda llena de proyectos que podrían cambiar el rumbo de la humanidad (o al menos el feed de Instagram de una marca de shampoo), pero me he dedicado con devoción monástica a observar cómo se derrite un cubo de hielo.
No es procrastinación, es contemplación estratégica. Porque, ¿quién dijo que no hacer nada no requiere talento? Yo estoy perfeccionando el arte de la inacción con una elegancia que ni los gatos zen podrían igualar.
La ironía es que, mientras no hago nada, me siento culpable por no estar haciendo todo. Es como tener un ejército de ideas marchando en mi cabeza, mientras yo les grito desde la hamaca: “¡Avancen sin mí, soldados, hoy me toca ser el paisaje!” Y ellos, obedientes pero confundidos, siguen planeando campañas, escribiendo versos, diseñando portadas… mientras yo me debato entre abrir el computador o seguir filosofando con la textura de la pared. La productividad me observa desde lejos, con cara de “¿en serio, Javier?”, y yo le respondo con un bostezo existencial.
Y en medio de esta contradicción, me descubro como esas visiones heladas: un rey de hielo sentado en su trono de cristal, majestuoso pero inmóvil, respirando nubes frías que no avanzan a ninguna parte; o como ese hombre atrapado dentro de un cubo de hielo, suspendido en un vaso, transparente y quieto, viendo el mundo moverse mientras él se derrite a su propio ritmo. Tal vez hoy soy eso: un monumento a la pausa, un soberano de la inmovilidad, un brindis congelado a la espera de que el calor de la vida me saque de mi cápsula. Porque incluso la pereza, si se mira bien, puede ser un acto poético… y yo, por ahora, soy su metáfora más fiel.
Por Susurro JS- Javier Suarez
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