“Donde la luz se cansa, el espíritu se desnuda”

Hay momentos en que el alma no busca respuestas, sino compañía. Este ensayo es un susurro para quienes han sentido el peso de pensar demasiado, de sentir sin tregua, de caminar con el corazón en los hombros. Es una pausa escrita para mentes cansadas y espíritus agobiados que, en medio del desgaste, aún intuyen que algo sagrado puede nacer del silencio.

Aquí no hay soluciones, pero sí lucidez. No hay promesas, pero sí presencia. Es un texto para leer despacio, como quien se sienta junto al fuego sin esperar que lo abrace, solo que lo acompañe.

Si alguna vez has sentido que tu luz se cansa, este ensayo es para ti. Y si después del cansancio has visto con nuevos ojos, entonces ya sabes: la claridad no siempre llega con fuerza, a veces llega como un susurro.

Donde la luz se cansa, el espíritu se desnuda.

Hay días en que la mente no piensa, sino que recuerda. No con precisión, sino con una bruma suave, como si los pensamientos fueran fotografías antiguas que alguien dejó al sol. La mente cansada no se apaga, simplemente se vuelve lenta, como un río que ha perdido el entusiasmo de correr. Y en ese letargo, el espíritu se agobia, no por falta de fe, sino por exceso de peso: memorias, promesas, nombres que ya no responden.

El cansancio no siempre viene del trabajo, ni del insomnio. A veces nace del exceso de significado. De haber sentido demasiado, de haber querido entenderlo todo. De haber amado con la intensidad de quien sabe que el tiempo es breve. La mente se fatiga cuando ha sido testigo de demasiadas despedidas, cuando ha sostenido ideas que ya no caben en el cuerpo. Y el espíritu, ese viajero invisible, se encorva bajo la carga de lo que no se dijo, de lo que se sintió sin palabras.

Pero hay un momento, casi imperceptible, en que el cansancio deja de ser peso y se convierte en umbral. Como si, al rendirse, la mente abriera una puerta secreta. No hacia la evasión, sino hacia la lucidez. Una lucidez distinta, no brillante ni lógica, sino suave y sabia. Como si el alma, después de tanto andar, se sentara en silencio y comenzara a ver.

La lucidez que llega después del cansancio no grita, no exige. Susurra. Dice cosas como: “no todo debe tener sentido”, “no todo lo perdido está roto”, “no todo lo que duele es señal de fracaso”. Es una claridad que no busca respuestas, sino presencia. Que no necesita certezas, sino espacio para respirar.

Y entonces, la nostalgia cambia de forma. Ya no es solo anhelo por lo que fue, sino gratitud por haber sentido tanto. Por haber sido testigo de la belleza, incluso en medio del desgaste. La mente, aunque cansada, se vuelve más humana. Y el espíritu, aunque agobiado, se vuelve más profundo.

Quizás el descanso no venga del sueño, sino de la rendición. De aceptar que no somos máquinas de sentido, sino cuerpos que sienten, que fallan, que recuerdan. Y que, en esa vulnerabilidad, hay espacio para lo sagrado. Para el susurro que dice: “estás cansado, sí, pero aún estás aquí”. Y ahora, ves distinto.

Con afecto: SusurroJS


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