Llegar a la edad adulta, casi nivel mayor, es como entrar a un club exclusivo donde el requisito de entrada es tener al menos tres medicamentos en la cartera y saber pronunciar “omeprazol” sin tartamudear. De pronto, las pastillas dejan de ser cosas que tomaban los abuelos y se convierten en tus compañeras de desayuno, junto al café y el pan integral. Hay una para el colesterol, otra para la presión, una más para dormir (porque ahora dormir es un lujo), y ni hablar de las vitaminas que prometen que no te desarmes al agacharte. La medicina tradicional te salva la vida, la alternativa te promete que lo hará con aroma a lavanda, y la natural te dice que todo se arregla con jengibre y fe. Juntas forman un equipo digno de los Avengers, cada una con su superpoder: unas atacan, otras defienden, y algunas solo están ahí para que no te olvides de que ya no tienes veinte. Pero, entre risas y recetas médicas, lo cierto es que todas tienen su lugar en esta comedia llamada “ser adulto”, donde el botiquín es el nuevo cofre del tesoro.
Un Susurro con prescripción.
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