La lluvia cae como un suspiro del cielo, suave, constante, como si el mundo necesitara una tregua. Su murmullo calma los nervios, apacigua el ruido interior, y por un instante, todo parece más lento, más humano. Refresca la tierra, limpia el aire, y en su danza líquida, borra las huellas del día.
Pero no siempre es consuelo. A veces, la lluvia se desborda, se convierte en furia, arrastra casas, rompe caminos, inunda esperanzas. Lo que era alivio se transforma en amenaza, y el agua que acariciaba ahora golpea.
Se mezcla con las lágrimas, sin pedir permiso, y nadie sabe si lo que corre por la mejilla es dolor o clima. Empapa los zapatos, los arruina, los vuelve pesados, como si el cuerpo también cargara con el peso del cielo. La lluvia no solo moja: incomoda, desgasta, obliga a detenerse.
Y sin embargo, hay algo sagrado en su presencia. Porque también lava la sangre que la violencia ha dejado atrás. No borra el dolor, pero lo diluye. No cura la herida, pero la enfría. La lluvia no elige, solo cae. Y en su ambigüedad, nos recuerda que incluso lo más bello puede doler, y lo más temido, sanar.
por SusurroJS. Javier Suarez

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